yo peuwbo
jueves, 9 de diciembre de 2010
martes, 3 de agosto de 2010
miércoles, 24 de febrero de 2010
sábado, 12 de septiembre de 2009
La murga hipoacúsica
De qué nos quejamos cuando nos quejamos de la música en una fiesta. Que demasiado electrónica, que mucho reggaetón, que todo cumbia. Nuestros amigos orientales nos demuestran que cuando hay pilas una fiesta puede ser en completo silencio.
jueves, 5 de junio de 2008
M y R
M dejó pasar el tiempo oficial de unas vacaciones. Le pareció que ordenar así sus impulsos era, para variar un poco, algo inteligente para hacer ya que por lo visto últimamente venía haciendo una atrás de otra. Así que esperó el cambio de quincena digamos con terror. En realidad en un principio pensó esperar sólo una semana pero a último momento decidió estirar el plazo siete días, seguramente esperando poder sufrir un cachito más mientras tanto. En esos quince días pasó por todos los estados que existen y seguramente inauguró algún otro todavía no documentado. Pero en ningún caso, como era ya su karma, supo qué hacer o qué decir. A M no le gustó cómo se habían no despedido. El último contacto había sido, sin más, una desaparición. Y quedó pensando. Y pensó, y pensó, y pensó todavía más. Durante esos días inventó, fabuló, se habló a sí mismo y hasta llegó a contestarse con sarcasmo e ironías mordaces. Todo un ventrílocuo del pensamiento. Pero la espera le guardaba todavía algunas trampas letales. Como aquellas canciones que se le aparecieron en el bondi y le patearon el estómago. Repetidas veces. Al final, como los días se iban venciendo y las señales no aparecían, resolvió que invariablemente lo habían dado de baja y perdió la línea del pensamiento autocrítico.
Así varado en sí mismo, decidió escribirle a R en forma de cuento, intentando con esa tontería arrancarle una sonrisa, una simpatía, y por supuesto, tratando de ocultar lo más dignamente posible el verdadero grito: aparecé.
Intentó condimentar el texto citando algunas letras de canciones que les fueran común denominador y expresaran lo que sentía en ese momento. Pero el recurso, en ese estado de ánimo, no hizo más que arrastrarlo hasta uno de los momentos más horriblemente cursis que recuerde la literatura amorosa vía mail.
Así varado en sí mismo, decidió escribirle a R en forma de cuento, intentando con esa tontería arrancarle una sonrisa, una simpatía, y por supuesto, tratando de ocultar lo más dignamente posible el verdadero grito: aparecé.
Intentó condimentar el texto citando algunas letras de canciones que les fueran común denominador y expresaran lo que sentía en ese momento. Pero el recurso, en ese estado de ánimo, no hizo más que arrastrarlo hasta uno de los momentos más horriblemente cursis que recuerde la literatura amorosa vía mail.
jueves, 29 de mayo de 2008
Las ideas son
El día que murió la estatua de San Martín el colegio que lleva su nombre izó su bandera a media asta y organizó un mes de silencio en el patio principal. Concurrieron las autoridades más encumbradas de la Nación en rigurosos atuendos negros y estrictas caras de profundo pesar. Es que muerto el hombre terrible tragedia es que muera su estatua. Los más optimistas impondrán que podrá morir una estatua pero no pueden morir cientos de miles de billetes, de billikens y que ciertamente los incontables bustos y placas no habrán de perecer así nomás.
Un opinólogo pasado de rosca resolvió que un billete, una placa y un busto son sólo futiles piezas del ancestral arte de liquidar el recuerdo a través de su recordación permanente. Todos sabemos que la vida verdadera está en las estatuas. El último movimiento del cuerpo, el último aliento, la última hazaña, el último tajo, el último deseo. Quizás quien no tenga estatua acaso nunca haya vivido.
Rápida de reflejos la prensa regó el rumor del parricidio antes que internet. La estatua del jefe de la patria habría sido asesinada por un grupo de imperialistas punk conocidos como los reyes del mambo que predican al mismo tiempo la anarquía y la abolición de la figura paterna.
Se sabe que este grupo de imberbes metafísicos teje desde hace décadas el improbable plan de aniquilar a todos los padres del mundo, de no ser posible a los de este país, y de no ser posible a los de esta Capital Federal. La semana pasada la Guardia Urbana desbarató un atentado que planeaba terminar con la vida de todos los padres de Parque Chacabuco. Finalmente en un asalto de lucidez el grupo decidió acabar con la figura paterna exterminando al padre de la patria. Una movida que es, admitámoslo, conceptualmente redonda. Nadie sabe a cuánto están dispuestos estos locos y nadie se atreve a predecir qué tipo de desmadre puede generar en un país como este el tan novedoso despadre.
Un opinólogo pasado de rosca resolvió que un billete, una placa y un busto son sólo futiles piezas del ancestral arte de liquidar el recuerdo a través de su recordación permanente. Todos sabemos que la vida verdadera está en las estatuas. El último movimiento del cuerpo, el último aliento, la última hazaña, el último tajo, el último deseo. Quizás quien no tenga estatua acaso nunca haya vivido.
Rápida de reflejos la prensa regó el rumor del parricidio antes que internet. La estatua del jefe de la patria habría sido asesinada por un grupo de imperialistas punk conocidos como los reyes del mambo que predican al mismo tiempo la anarquía y la abolición de la figura paterna.
Se sabe que este grupo de imberbes metafísicos teje desde hace décadas el improbable plan de aniquilar a todos los padres del mundo, de no ser posible a los de este país, y de no ser posible a los de esta Capital Federal. La semana pasada la Guardia Urbana desbarató un atentado que planeaba terminar con la vida de todos los padres de Parque Chacabuco. Finalmente en un asalto de lucidez el grupo decidió acabar con la figura paterna exterminando al padre de la patria. Una movida que es, admitámoslo, conceptualmente redonda. Nadie sabe a cuánto están dispuestos estos locos y nadie se atreve a predecir qué tipo de desmadre puede generar en un país como este el tan novedoso despadre.
domingo, 30 de marzo de 2008
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