jueves, 5 de junio de 2008

M y R

M dejó pasar el tiempo oficial de unas vacaciones. Le pareció que ordenar así sus impulsos era, para variar un poco, algo inteligente para hacer ya que por lo visto últimamente venía haciendo una atrás de otra. Así que esperó el cambio de quincena digamos con terror. En realidad en un principio pensó esperar sólo una semana pero a último momento decidió estirar el plazo siete días, seguramente esperando poder sufrir un cachito más mientras tanto. En esos quince días pasó por todos los estados que existen y seguramente inauguró algún otro todavía no documentado. Pero en ningún caso, como era ya su karma, supo qué hacer o qué decir. A M no le gustó cómo se habían no despedido. El último contacto había sido, sin más, una desaparición. Y quedó pensando. Y pensó, y pensó, y pensó todavía más. Durante esos días inventó, fabuló, se habló a sí mismo y hasta llegó a contestarse con sarcasmo e ironías mordaces. Todo un ventrílocuo del pensamiento. Pero la espera le guardaba todavía algunas trampas letales. Como aquellas canciones que se le aparecieron en el bondi y le patearon el estómago. Repetidas veces. Al final, como los días se iban venciendo y las señales no aparecían, resolvió que invariablemente lo habían dado de baja y perdió la línea del pensamiento autocrítico.
Así varado en sí mismo, decidió escribirle a R en forma de cuento, intentando con esa tontería arrancarle una sonrisa, una simpatía, y por supuesto, tratando de ocultar lo más dignamente posible el verdadero grito: aparecé.

Intentó condimentar el texto citando algunas letras de canciones que les fueran común denominador y expresaran lo que sentía en ese momento. Pero el recurso, en ese estado de ánimo, no hizo más que arrastrarlo hasta uno de los momentos más horriblemente cursis que recuerde la literatura amorosa vía mail.

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