jueves, 29 de mayo de 2008

Las ideas son

El día que murió la estatua de San Martín el colegio que lleva su nombre izó su bandera a media asta y organizó un mes de silencio en el patio principal. Concurrieron las autoridades más encumbradas de la Nación en rigurosos atuendos negros y estrictas caras de profundo pesar. Es que muerto el hombre terrible tragedia es que muera su estatua. Los más optimistas impondrán que podrá morir una estatua pero no pueden morir cientos de miles de billetes, de billikens y que ciertamente los incontables bustos y placas no habrán de perecer así nomás.
Un opinólogo pasado de rosca resolvió que un billete, una placa y un busto son sólo futiles piezas del ancestral arte de liquidar el recuerdo a través de su recordación permanente. Todos sabemos que la vida verdadera está en las estatuas. El último movimiento del cuerpo, el último aliento, la última hazaña, el último tajo, el último deseo. Quizás quien no tenga estatua acaso nunca haya vivido.
Rápida de reflejos la prensa regó el rumor del parricidio antes que internet. La estatua del jefe de la patria habría sido asesinada por un grupo de imperialistas punk conocidos como los reyes del mambo que predican al mismo tiempo la anarquía y la abolición de la figura paterna.
Se sabe que este grupo de imberbes metafísicos teje desde hace décadas el improbable plan de aniquilar a todos los padres del mundo, de no ser posible a los de este país, y de no ser posible a los de esta Capital Federal. La semana pasada la Guardia Urbana desbarató un atentado que planeaba terminar con la vida de todos los padres de Parque Chacabuco. Finalmente en un asalto de lucidez el grupo decidió acabar con la figura paterna exterminando al padre de la patria. Una movida que es, admitámoslo, conceptualmente redonda. Nadie sabe a cuánto están dispuestos estos locos y nadie se atreve a predecir qué tipo de desmadre puede generar en un país como este el tan novedoso despadre.